Terapia musical

 

Encontré el tiempo para escribir este artículo el día en que me vi forzada a esperar durante más de una hora a mi marido en un café, tras olvidar mi teléfono en casa, sin más recursos para entretenerme que una pluma y un cuaderno; la situación perfecta para escribir lo que quería escribir.

Hace casi un año pedí como regalo de cumpleaños un tocadiscos, y desde entonces la experiencia con el susodicho aparato ha sido hermosa y reveladora. Lo primero que sucedió fue que después de años y años de no hacerlo, me reencontré con el placer de escuchar música de forma atenta y dedicada; de forma total. Volví a escuchar música con los oídos bien abiertos y los ojos cerrados, a escuchar música como una adolescente tirada de espaldas en el salón, escuchar música mirando al techo y moviendo los pies al compás, escuchar música pensando en nada más que en la música. Escuchar pues, en el sentido más amplio de la palabra escuchar, como una experiencia ritual, profunda y placentera. Escuchar a Billie Holiday respirando cerca del micrófono, y escuchar el salto de la aguja en la cicatriz de aquella herida que el disco, heredado de mi padre sufrió la primera vez que salió de su funda para ser mostrado con orgullo triunfal a los amigos.

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Siempre he sido una romántica, pero tampoco soy de las que piensa que todo tiempo pasado fue mejor. Groovsharke, Spotify, y compañía son la tierra prometida para los que amamos la música. La primera vez que entras, te sientes como Aladino en la cueva del tesoro. Pero, ante la abundancia casi infinita de recursos, ante la posibilidad de escuchar lo que sea, cuando sea, y dónde sea, me siento a veces perdida; saltando de un artista a otro, de una canción a otra. Todo se vuelve un skip, forward, fast, rewind, play, zap, stop, play, o para decirlo en español, un ir y venir, subir y bajar, sin acierto ni concierto.

Flotamos por la estratósfera de bits, sin gravedad. Nuestra atención se divide y se diluye entre seis ventanas de navegador y cuatro programas que mantenemos funcionando simultáneamente, tres cuentas de correo, mensajes de texto, Facebook y Twitter, Watsup, Instagram, y todos los etcéteras tecnológicos que nuestra computadora sea capaz de aguantar.

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La era de la tecnología computarizada en que vivimos es la perdición para un número creciente de individuos que sufrimos en distintos grados, de déficit de atención. El multitask nos invita y nos refuerza una conducta dispersa. Somos como un niño solo en una dulcería y día tras día, lo tocamos todo, lo lamemos todo, nos lo llevamos a la boca, le damos un mordisco y lo dejamos a un lado en cuanto vemos otro dulce más llamativo, más colorido, más brillante.

Pues bien, he encontrado que escuchar música atentamente puede ser una práctica terapéutica para contrarrestar los efectos de esa vida de saltos constantes a la que nos vamos acostumbrando. Efectivamente, la tarea de escuchar un viejo disco de principio a fin, con sus canciones buenas, malas y regulares, con sus saltos y ralladuras, con sus tonos altos, medios y bajos, es un ejercicio de paciencia y atención. Aquí no hay adelantamientos, no hay control remoto. Hay que sacar el disco de su funda, limpiarlo, ponerlo y darle vuelta tras ocho o diez canciones. Entonces uno se vuelve más cuidadoso y selecciona con esmero lo que quiere escuchar. Ya no se trata de tenerlo todo, sino de exprimir lo que se tiene y disfrutarlo en cada una de sus facetas, sabérselo casi de memoria para después descubrirle nuevos ángulos, domesticarlo, y en fin, amarlo.

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