Y el séptimo día, descansó.

Y el séptimo día descansó… Y vio que lo que había creado era bueno”. Eso dice un libro (de cuyo nombre no quiero acordarme), que hizo dios (con minúsculas porque no soy creyente), después de trabajar arduamente.

Tras años de intenso ateísmo, aún mi mente traicionera, educada en las trincheras de un colegio de monjas, me arroja de vez en cuando frases sueltas, rezos, cánticos, mandatos y sentencias que se clavan como dardos caídos del cielo en mis pensamientos, tiñéndolos de un púrpura metafísico que es bastante difícil de lavar. Eso me ocurrió hoy, mientras caminaba pensando en todo lo que tenía que hacer: el negocio, la casa, la niña, el próximo evento social. Quizás tuvo que ver el hecho de que pasé frente a una iglesia. El caso es que me vi reflexionando sobre aquella frase. “Dios descansó y contempló su creación”. La idea es muy poderosa. Un dios supremo que se ha pasado seis días creando meticulosamente el universo, pero se toma un día de descanso para disfrutar de su trabajo, para contemplar su obra, para apreciar que lo que ha hecho es bueno. Y eso está allí, en el fundamento de la creación misma que hace que ese dios sea Dios.

Recuerdo que de pequeña ya me seducía esa idea del séptimo día, el domingo, dominicus: “el día del señor”, Sunday, el día del sol, el día de Saturno, el día en que hasta los más amargados súbditos del señor se permitían alguna licencia, algún gusto. Unos churros con chocolate por ejemplo, o un helado de limón a la salida del templo. Pero esta vez al recordar la historia del Génesis por primera vez encontré una aplicación práctica para ella. Una idea escondida a simple vista: hay que parar a contemplar nuestras creaciones. Parar y disfrutar.

En un mundo en el que no hacer nada (aunque sea por unos minutos) está cada vez peor visto no es fácil ser un contemplativo y mucho menos uno que contempla y se vanagloria de su propia obra, pero cuando lo hacemos cosas buenas ocurren. Pensar en el trabajo hecho es una motivación para seguir trabajando. Es como si fuéramos ese jefe que siempre quisimos tener, el que nos dice lo bien que lo hemos hecho y nos reconoce nuestro esfuerzo, o el amigo que saca lo mejor de nosotros porque admira lo que hacemos y entonces nos forzamos por seguir haciéndolo bien para no perder su admiración. También es un ejercicio que nos permite agudizar los sentidos para encontrar lo bueno, lo bello, lo admirable; una práctica que luego sirve para reconocer lo bueno, lo bello y lo admirable en los demás.

Los invito seriamente a hacer este ejercicio. Parar, contemplar, celebrar sus pequeños logros y de ser posible, hacerlo en silencio y sin publicarlo en el Facebook.

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