Odio la rutina. Adoro las costumbres.

Es un hecho consumado que los desempleados siempre nos despertamos tarde.

Salvo algunas escasas y honrosísimas excepciones, cuando uno pasa de la vida laboral al paro, los músculos se relajan de forma abrupta e inmediata y resulta realmente difícil sacar el cuerpo de la cama por las mañanas.

Yo personalmente, declaro tener una fuerza de voluntad semejante a la de un oso perezoso. No es que no tenga ideas y cosas a las que puedo dedicar mi tiempo, es que vencer la fuerza de gravedad que tira del cuerpo hacia su posición horizontal -y de ser posible fetal- requiere de muchos trucos, trampas y a veces drogas -en mi caso todas legales y hasta donde sé benignas-.

Me encanta descubrir estas similitudes con el reino animal. Por ejemplo, en este caso, los osos perezosos necesitan  una rama, un palo al que hacirse, les es imposible desplazarse sin este apoyo. Si se ven obligados a hacerlo, se arrastran lastimosamente, a una lentitud tan exasperante para los espectadores como peligrosa para ellos mismos. Tengo la sensación de que algo muy similar nos pasa a los humanos en la vida moderna, necesitamos de horarios, jefes, compromisos y obligaciones a las que agarrarnos para salir de la cama.

Por qué será que siempre nos estamos quejando de la tiranía de la vida laboral que no nos deja espacio para nada más y luego cuando tenemos horas y horas de tiempo libre somos incapaces de administrarlas efectivamente.  La cantidad de cosas que podríamos hacer  pero… ¿cómo?, ¿por dónde empezar?, ¿de qué rama nos agarramos para no arrastrarnos de esa forma tan desesperanzadora por los días inhábiles mientras llega el siguiente trabajo que nos esclavizará la vida y nos quitará toda posiblidad de ocio sano y constructivo?

Por sus “politonos” les conoceréis

Ayer viernes fue mi último día de trabajo en una “prestigiosa empresa de transportes, líder en su sector” (a decir de la oferta de trabajo con la que ingresé) ampliamente desconocida y ubicada en el polígono industrial de Coslada (a decir de la que escribe), que partiendo de mi casa en Getafe quedaba más o menos a una hora y media de camino en transporte público: Un tren – otro tren – un autobús y el último trozo caminando.

Pues bien, tres horas diarias de camino durante año y medio dan para muchas historias, muchos trenes, muchas personas, muchos libros, muchos etcéteras. Pero haciendo un recuento de estos trayectos, lo más memorable quizá sea esa extraña relación que he forjado con una decena de desconocidos que me han acompañado en este viaje todas las mañanas.

Estación de Atocha, Madrid

Estación de Atocha, Madrid

Uno se levanta todos los días a la misma hora y toma el mismo tren a las ocho menos cuarto de la mañana. Uno se coloca estratégicamente en la mancha del suelo que indica el lugar exacto en el que se abrirá la puerta del exacto vagón que ha de parar exactamente junto a la escalera de la estación de atocha, porque exactamente a las ocho y diez debe subir las escaleras y cruzar al andén de la vía 3 para tomar el siguiente tren exactamente a las ocho y cuarto.  No hay un segundo que perder, porque si no todas las conexiones se van al traste y termino perdiendo el autobús del polígono que solo pasa cada media hora.

Pero no estoy sola en este recorrido, somos muchos los que medimos los pasos, buscamos la puerta indicada, conocemos los asientos correctos y por qué lado se abren las puertas en cada estación. Entre nosotros nos conocemos, nos examinamos con una velocísima mirada, y como si fuéramos parte de una hermandad secreta pasamos de lado viéndonos a medias, haciendo a veces un imperceptible gesto de reconocimiento, pero nunca, nunca, nos saludamos.

Esta especie de convivencia pasiva me tiene intrigada. Porque he visto a esta gente un día tras otro. Los he visto cabecear, quedarse dormidos con la boca abierta, los he visto leer libros interesantes y periódicos gratuitos, los he visto enfermos, he oído la música que escapa de sus audífonos, los he visto desayunando plátanos y galletas, los he visto incluso sacándose los mocos y ellos me han visto a mi haciendo todo eso también. (no voy a negar lo de los mocos siquiera). ¿Podría decir que les conozco? ¿Podrían decir ellos que me conocen a mi? No lo se, en cierta forma creo que sí, la cuestión es que no se en qué forma y eso es lo que me tiene intrigada.

Cuando viajan en grupo es más sencillo, porque entonces las conversaciones te dan pistas sobre la vida y obra de cada uno, pero normalmente huyo de estos grupos porque son demasiado ruidosos para mi atontada y desmañanada cabeza. Prefiero la convivencia pacífica, desinteresada y contemplativa de los que  nos vemos y nos ignoramos cada mañana, solo interrumpida de vez en cuando por algún politono mañanero que te da una nueva pista sobre la identidad secreta de esos individuos con los que compartes aire, espacio y tiempo. Los individuos con los que te apretujas a veces, incluso te tropiezas, pero nunca, nunca les diriges la palabra.

Adiós queridos desconocidos, a partir del próximo lunes tomaré otro tren y quién sabe si nos volveremos a ver.

A donde no se puede llegar en coche

Me duele todo. Camino como un robot mal engrasado y tengo la cara roja como una manzana, pero estoy realmente contenta.

Ayer por la tarde volví del Valle del Jerte (Extremadura, España) en un intento por contemplar y fotografiar los famosos cerezos en flor que otros años por estas fechas inundan esa zona.

Pero he allí que la naturaleza tiene también sus caprichos y sus estados de ánimo y había decidido, (por supuesto sin comunicárnoslo), que aún no nos regalaría esa estampa de flores blancas y rosadas. La verdad, es comprensible, con el frío que ha hecho este invierno, a mí si fuera arbolito tampoco me darían ganas de florecer.

Uno de los pocos cerezos que se animaron ya a florecer este año

Uno de los pocos cerezos que se animaron ya a florecer este año

En fin, que ya estando allí pensamos que a falta de un mejor plan haríamos la ruta de senderismo organizada que ofrecía el ayuntamiento de Jerte en su página web: nada más y nada menos que 21 kilómetros por las montañas que rodean el Valle del Jerte.

Total ¿qué son 21 kilómetros?… Total ¿qué importa que durante el resto del año no haga más ejercicio que el de los dedos de las manos saltando sobre el teclado?…. Total ¿qué más da que el sol brille a toda asta y no hayamos traído ningún tipo de protector solar?…y total ¿qué importa que mi condición física a los 29 sea la de una mujer fumadora de 70 años? (y eso sin fumar). ¡Qué más da! Pues allá vamos. Y allá fuimos, Javier, mi voluntad y yo con mis botas nuevas de montaña, repito NUEVAS y mi impermeable rojito listo para los chubascos que no llegaron nunca.

Ruta de Carlos V

Comienzo de la Ruta de Carlos V

Comenzamos la ruta a las 9 y algo de la mañana, con un poco de retraso porque había muchísima gente que iba a hacer el recorrido y había subgrupos dentro del grupo, casi toda gente experimentada y fan de las “rutas de montaña” y “senderismo” que al parecer es un deporte con muchos seguidores.
Había de todo, pero me sorprendió ver a más de un sesentón y a cuatro o cinco señores cargando unas barrigas que debían pesar por sí solas unos 10 o 12 kilos (peso neto), y ante esa competencia lo mejor era poner cara de felicidad y fingir estar fresca como una lechuga aún cuando sentía que cada centímetro de mi cuerpo me pedía a gritos que me desparramara en el pastito al lado del río.

Los descansos fueron breves y casi contraproducentes, apenas daba tiempo de alcanzar a la cabeza del grupo que nos llevaba una enorme ventaja, solo para ver con tremenda frustración, cómo cuando por fin lográbamos llegar hasta donde habían hecho la pausa, ellos habían terminado ya de comer, beber, mear y reposar y emprendían de nuevo la marcha. En este punto debo decir que ya me había advertido Javier que no debíamos quedarnos al final del grupo porque entonces nunca te da tiempo de descansar; pero yo que iba en plan fotógrafa y no sabía aún lo que me esperaba por delante tardé tiempo en darme cuenta de que tenía (como casi siempre en estos casos) toda, todita la razón. Pero a estas alturas era ya demasiado tarde para compensar la desventaja con la que caminábamos y había que hacer un triple esfuerzo para no quedarnos demasiado rezagados y evitar perdernos en esos montes de dios.

Los cerezos pelones

Los cerezos pelones

Recordando el Cerezo de Vang Gogh

Recordando el Cerezo de Vang Gogh

Con todo y todo llegué hasta el final, después de ver 5 hectáreas de cerezos pelones, tres de los cuales tuvieron la amabilidad de echar unas cuantas florecillas nomás por pura cortesía. Y lo curioso es que me sentí genial, bueno, cuando conseguí sentirme, porque al principio no sentía nada jejeje. Y, dado que una de las mejores cosas de caminar y caminar es que uno puede llegar a ese estado de no pensar en nada más que no sea lo estrictamente necesario para ordenar a la pierna que levante el pie y lo mueva 20 centímetros más adelante, he tenido un solo pensamiento profundo, pero creo que realmente valioso en las 9 horas que duró la caminata y aquí lo comparto con ustedes: “Hay lugares a los que no se puede llegar en coche y rezo porque así siga siendo”.

El río del Jerte después de 5 horas de caminata

El jamón del sandwich

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Foto cortesía de: Sakurako Kitsa on Flickr

Una de las cosas que más me molestan de mi trabajo actual en el departamento de recursos humanos es cuando tengo esa sensación de ser el jamón del sandwich.

Pasa cuando los jefes jalan para un lado y los empleados para el otro y yo estoy en medio temiendo perder mis extremidades. No se si se percatan de que eso es una tortura medieval llamada “el potro” y que vuelve loco a cualquiera.

No culpo a los empleados, ni culpo a los jefes. Cada uno es lo que es, y cada uno busca lo que le conviene. (Y al decir esto hablo desde mi condición de jamón y me separo temporalmente de mi verdadera condición de empleada mal-asalariada) Y así, tomando distancia de la situación, me pregunto… ¿Por qué los jefes siempre pretenden que los empleados vean por el beneficio de su empresa? Así nomás, de gratis. ¿Qué demonios les hace pensar que un empleado es un ser dispuesto al sacrificio perpetuo que estará siempre presto a inmolar vida personal y privada en aras del bien… no común, sino personal de unos cuántos? Eso solo puede ser producto de una ingenuidad tremenda o bien, de una desfachatez (que palabra tan graciosa esta)… decía… de una desfachatez enorme.

Reconocer la naturaleza de nuestro interlocutor es fundamental para una buena comunicación. Saber cuáles son sus motivaciones, sus necesidades y apetencias. En definitiva, escuchar la voz de ese otro ser y sobre todo escuchar la voz de la lógica básica.

Señores jefes, señores dueños de las empresas, es LÓGICO que un empleado quiera irse a descansar en cuanto termine su jornada… o antes, si es posible, es LÓGICO que un empleado quiera cobrar a final de mes y que no le importen sus problemas financieros porque a usted tampoco le importan los de él; LÓGICO es también que la gente quiera cobrar lo más posible con la menor inversión de esfuerzo. Es LÓGICO que el empleado busque tener más días de vacaciones, más horas de descanso y que su uniforme sea bonito, de buen gusto y a su medida (a ser posible que el sastre venga a tomarle medidas).

Por otro lado está claro que las empresas existen con la finalidad de ganar dinero y que los empresarios buscarán obtener siempre el mayor beneficio posible con la menor inversión, eso también lo comprendo. Pero lo que no puedo soportar es que estos empresarios y esos que se creen empresarios, pero que no son más que empleados mejor pagados que los demás, se indignen y se sorpendan ante las posturas más básicas y comprensibles del proletariado. Ya no por una cuestión de solidaridad, sino por una mera conveniencia personal, los jefes podrían de vez en cuando, detenerse a pensar con quién están tratando, quién es ese ser no solo andante sino pensante al que llaman “empleado” porque de otro modo lo que debía ser un diálogo entre personas se convierte en un ladrar de perros a gatos.

Y como perros y gatos estamos siempre, ladrando y maullando, mandando unos e ignorando otros, imponiendo unos y escaqueándose otros… y en medio… claro está… el famoso departamento de Recuros Humanos, que ante esta penosa situación solo tiene dos opciones, volverse al brazo derecho de la ley y hacer de Policía Secreta de los Recursos Inhumanos o bien, tomar algún tinte rojizo y convertirse en defensora de los derechos que ese sindicato blanco o transparente ignora.

Yo mientras tanto, sueño con que exista un departamento donde verdaderamente se administren los Recursos Humanos de una empresa, donde se entienda que, efectivamente, somos humanos y que, gracias a eso, podemos comunicarnos.

Los indios de la India

Este título que parece redundate y absurdo para muchos, para un mexican@ como yo es simplemente aclaratorio. ¿Por qué? Pues porque decir “indio” en México es decir indígena mexicano y es decirlo, para desgracia profunda e histórica de un país, con desprecio y menosprecio hacia nuestros pueblos nativos prehispánicos.

En España en cambio, decir “indio” es decir nativo de la India, relegando el término Hindú únicamente para denominar a los practicantes de la religión hinduista, que dicho sea de paso no es una religión, sino más bien un conjunto de religiones. Luego… ¿dónde y cómo surgió esta ruptura en el significado?

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Niña Hindú cortesía de Galería de UrvishJ en Flickr

Como todo el mundo sabe, más que de una ruptura, esta situación deriva de una confusión inicial, cuando los españoles llegaron a América queriendo ir a “La India”, pero la cuestión va mucho más allá de eso.

Desgraciadamente, casi nunca los pueblos pueden elegir el nombre con el que se les conoce en el mundo, simplemente porque uno no puede controlar la percepción que tiene la gente de uno mismo, ni tampoco puede controlar las desviaciones, derivaciones y malformaciones que se hacen del propio nombre. Y si no, que se lo digan a los pobres niños que en el colegio son llamados “el gordo Jiménez”, “jimenitos”, “el chaparro” “el pecas” y toda clase de apodos por el estilo, después de que sus padres se rompieron la cabeza (algunos con mejor gusto que otros, eso sí) pero todos se molestaron en pensar un nombre para ellos.

Pero volviendo a los Hindúes o a los Indios (ambos términos son correctos según la RAE para referirse a los habitantes de la india), estos fueron bautizados así por los Griegos, aunque la palabra proviene del vocablo persa (algunos dicen que es del sánscrito) síndhu , que era como llamaban al río que delimitaba el territorio que antes componían Pakistán y la India, (Indostán).

El caso es que los hindús no se llaman a sí mismos hindús, ni indios, porque no llaman a su país “La India”, lo llaman Bhárat, en honor a Manu Bharata (uno de los progenitores de la humanidad). Pero el resto del mundo los conoce como “India” tanto en español como en inglés, osea, en casi todo el planeta.

Total, que en conclusión, cuando los nombres de los países y de los pueblos vienen impuestos desde fuera, muchas veces se atribuyen con desconocimiento de causa, desde las características más evidentes para el extranjero, que no siempre son aquellas de las que ese pueblo se siente más orgulloso, ni las más representativas, simple y sencillamente las más evidentes o las más fáciles de relacionar con elementos que el conquistador conoce… así se bautizaron muchos de los territorios americanos, de los que algunos salimos mejor librados que otros, pero a final de cuentas uno termina acostumbrándose y sintiendo como propio el nombre que en un principio le ha sido impuesto.

Yo no se si a los habitantes de la India les guste más ser Indios que Hindúes, lo que se es que a los habitantes de México no les gusta ser indios, ya no porque sea un término despectivo, sino porque es erróneo, porque no hay nada en nuestra tierra que pueda inspirar ese nombre. Lo que es cierto es que tanto los unos como los otros somos indígenas de nuestro pueblo: Mexicanos, Chilenos, Franceses o Búlgaros y luego somos (en el caso de México) Purépechas, Huicholes, Mayas o mestizos, Tapatíos o Regio Montanos y luego somos Juan, Pedro, Julia o Liliana. La construcción de la identidad es una cosa muy compleja, y creo que los propios de un país deberían tener algo que decir al respecto, de modo que, si hay algún indio y/o hindú que quiera darme un poco de luz en esto, se lo voy a agradecer.

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Niña Maya. Cortesía de http://www.flickr.com/photos/26383024@N08/3356538784

Por último les dejo este video de un niño hindú, que es genial… http://www.youtube.com/watch?v=mvxr2YXSkY0

El piropo mañanero

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Esta increible foto: “American Girl in Italy” de Ruth Orkin, ilustra a la perfección el espíritu de un piropo mañanero

El piropo es una especie de poesía corta que los hombres suelen lanzar al vuelo en un encuentro casual y casi instantáneo con una mujer, y su entorno natural es la calle. Aunque puede ser que alguna vez una mujer, también se atreva a lanzar un piropo a un hombre, yo voy a hablar del primer caso por ser el más común y el que más llama mi atención.

Me atrevo a decir que prácticamente todas las mujeres, guapas o feas, gordas o flacas, provocativas o reservadas, hemos recibido por lo menos una vez en la vida un piropo callejero. Algunos refinados y empalagosos, como ese de… “qué está pasando en el cielo que los ángeles están cayendo”; otros vulgares y groseros, como el famoso “güera, güera, si me muero quien te encuera” típico capitalino. Pero todos provocan una reacción en la destinataria.

¿Qué es lo que motiva a los hombres a “echar” un piropo a una desconocida? No tengo ni idea. Pero hay individuos que han hecho de esta forma de expresión todo un arte.

Sabemos que hay algunos gremios que se distinguen por su prolífica producción de piropos, como los cargadores o los obreros; (que por cierto uno no se explica cómo pueden catalogar si una mujer merece ser piropeada, simplemente con verla pasar a una distancia de diez metros desde el quinto piso de la construcción), de modo que si uno necesita un poco de autoafirmación puede darse una vuelta por los mercados de abastos o los edificios en construcción.

Desgraciadamente, últimamente solo escucho piropos repetidos y poco novedosos. De modo que me sorprendió gratamente un hombre desconocido al que no le ví la cara, que muy tempranito por la mañana mientras caminaba cruzando el polígono industrial donde trabajo, dijo entusiasmado desde el otro lado de la reja de su nave industrial: “Merece la pena madrugar para ver estas cosas tan bonitas” Y yo, que me levanto todos los días a las 6.30 de la mañana, tomé eso como el mejor de los halagos.

Señores y señoras, desde aquí lanzo una atenta invitación para recuperar la tradición del piropo sano y desinteresado. Si somos capaces de gritar una grosería a alguien por la calle, con un poquito de esfuerzo podríamos gritarle también un piropo bien dicho.

P.D. Se aceptan piropos y sugerencias.

Al Chile

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¿Alguien puede imaginarse un México sin chile? Por supuesto me refiero al fruto, no al país.

El chile nuestro de cada día es para los mexicanos un alimento fundamental, un motivo de albur, un símbolo de identidad y todo un estilo de vida.

Desde el diminuto chile de árbol hasta los grandes chiles poblanos que pueden rellenarse, pasando por el famoso jalapeño, el pasilla, el habanero y el chile guajillo, entre otros muchos ejemplares, los chiles ofrecen un abanico enorme de posibiilidades gastronómicas. Pero esto es algo que no todo el mundo comprende. Y es que el amor al chile pasa por su comprensión y su conocimiento.

Que equivocados están los extranjeros cuando dicen que el chile “mata el sabor de los alimentos”. Noooo señor, de ninguna manera, el chile matiza los alimentos y se mezcla con ellos igual que cualquier otro condimento. Y al decir el chile, quiero decir LOS CHILES en plural, porque algo que también hay que saber es que cada una de las muchísimas variedades de chile que existen tiene su sabor propio, su color particular, su textura única y por supuesto su nombre.

La palabra chile, proviene del nahuatl “chilli” y el origen geográfico de esta planta se sitúa igual que su nombre en México, pero también en centroamérica. Con la llegada de los españoles a nuestras tierras y la subsecuente exportación de productos hacia Europa y Asia, el chile viajó hasta lugares tan remotos como La India, Pakistan o Tailandia, donde tuvo gran acogida, tanto que hoy en día es parte fundamental de sus alimentos también.

Dicen, y de esto no tengo ninguna prueba más allá de la sabiduría popular, que cuando el chile se cultivó en Europa, particularmente en España, se volvió dulce, y que de allí nacieron los pimientos morrones, o simplemente pimientos, como se les llama aquí (en España). Es muy probable que así ocurriera, pues todo el mundo sabe que las propiedades del suelo, el clima y en general las condiciones geográficas y meteorológicas del entorno en el que se cultivan los alimentos influyen muchísimo en el sabor de los mismos. 

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Hay gente que no puede vivir sin su “chilito” y hay otra que no puede verlo ni en pintura, y puedo aceptar que haya a quien le guste y a quien no, pero lo que no puedo soportar es que se levanten falsos en contra de este fruto de nuestra tierra. Me molesta cuando dicen que los mexicanos perdemos el sentido del gusto por comer tanto chile, eso es tan ilógico como decir que comer azucar te impedirá saborear la sal.

Por el contrario, el chile consumido con moderación tiene muchas virtudes: * “disminuye el riesgo de sufrir gripes, resfriados, y previene el envejecimiento prematuro, mejora el proceso digestivo y evita problemas estomacales” si, leyeron bien, MEJORA el proceso dijestivo. Por supuesto, es como en todo, el consumo moderado del producto favorece a la salud, mientras que abusar de ello…  bueno, para qué les voy a contar, más de alguno habrá sufrido las consecuencias en biiip—— propio.

Y ahora que me acuerdo, este post quería escribirlo porque mi indignación creció hasta límites insospechados hace cosa como de un mes, cuando escuché en un podcast que me gusta mucho, llamado Here on Earth, en un programa dedicado al “chilli” como ellos dicen, en donde se atrevía a decir una texana desvergonzada que el chile era un producto típico y originario de los Estados Unidos. Solo tengo un comentario que hacer respecto a eso. JA- JA-JA. Aunque hubiera chile en texas, porque no dudo de que allí lo consuman y puede que desde hace mucho tiempo, pero esque ¿ya se les olvidó de dónde salió texas?.

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FOTO 1: Chiles verdes, amarillitos y rojos. Recordando la bandera mexicana.
FOTOS 2 y 3: Una torta ahogada de Guadalajara sumergida en salsa picante y una rica barbacoa de Pachuca acompañada con su salsita verde.
FOTOS 4,5 y 6: El chile poblano, relleno y preparado en nogada.

Vacaciones para Cancún

Una vez un amigo me dio un consejo muy sabio. Me dijo: “Si te gusta mucho un lugar… no se lo digas a nadie”. Y tenía toda la razón. ¿Por qué demonios todos los lugares bonitos están ya siempre llenos de gente?

Parece que uno ya no puede tener jamás el gusto de encontrar algo en estado virgen, (en el sentido más inocente de la frase). De las ciudades a las playas, desde los puntos turísticos por excelencia hasta los festejos íntimamente tradicionales de los pueblos más remotos y desde los rincones más escondidos del Amazonas hasta los sitios más inasequibles del África profunda son potenciales lugares de vacaciones para cualquiera que pueda pagarlos.

Claro que la paradoja del asunto está en que, todos nos quejamos en algún momento de la sobrepoblación de los destinos turísticos, esa excesiva masificación que nos reúne a todos, conocedores y paganos, en torno a un espacio cultural o una maravilla natural en cualquier parte del mundo. Pero al mismo tiempo esta democratización del turismo es la que hace posible que las personas menos adineradas (por decirlo de una forma elegante) podamos conocer lugares dentro y fuera de nuestras fronteras.


camioncito

playita

El caso concreto que suscitó mis reflexiones sobre los movimientos turísticos fue que hace poco más de un mes estuve en la FITUR (Feria Internacional de Turismo) que se celebra cada año aquí en Madrid. Mientras repartía unos folletitos promocionales de la Ciudad de México pensaba… la mayoría de los españoles con los que me he topado solo conocen una pequeñísima parte de México llamada Cancún. Un destino que se ha popularizado a niveles extraordinarios entre los turistas internacionales en general y entre los lunamieleros en particular.

La cuestión es que México, que ocupa el lugar no.10 en el ranking mundial como receptor de turismo, acoge cada año a 21.4 millones de turistas que lo visitan desde el extranjero. Pero el problema está en que ciertos puntos de la República, especialmente las playas como Cancún, soportan la mayor cantidad de esta demanda. El impacto que esto tiene en términos ecológicos y sociales es muy grande.

Más de un estudio de la Secretaría de Turismo de México augura un negro futuro para las playas de Cancún. De hecho se habla de la acapulquización de los nuevos destinos playeros de México. Se pueden imaginar lo que esto significa. Es simple. El Acapulco de los años 60s, aquél paraíso terrenal, sufrió una sobreexplotación y una llegada masiva de inmigrantes en busca de turismo o de trabajo y simplemente “murió de éxito”.

Pero ¿cómo resolver el problema de la erosión turística? o como dicen los modernos ¿Cómo lograr un turismo sustentable?. Pues no tengo ni la menor idea. Porque esta pregunta recae en una pregunta mayor… ¿cómo podemos en términos generales conservar las bellezas de nuestro planeta?

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Tomando en cuenta que cada vez somos más y que todos tenemos derecho al ocio, y que el interés de los humanos por conocer otras culturas es creciente (cosa que está muy bien, dicho sea de paso). La cuestión es organizarnos de tal forma que no saturemos determinados lugares con nuestra presencia, y sobre todo, creo yo, que entendamos que aunque estemos de vacaciones en otra ciudad o en otro país, seguimos estando en nuestra casa “la tierra” y por lo tanto tenemos que intentar ser respetuosos con lo que nos rodea, vayamos a donde vayamos, algo difícil de recordar cuando lo que uno desea en vacaciones es olvidarse de todo ¿no?.

Es la boooa

¡Este fin de semana tuvimos boda! Una muy elegante y muy bonita por cierto. Aunque era tan elegante, tan elegante, que el piso estaba encerado de más y todo el mundo acababa azotando en el suelo. Entre ellos yo, claro, no podía faltar.

Pero el caso es que me puse a reflexionar en torno a este objeto cultural llamado “Boda”: ¿Qué será lo que tienen las bodas que a unos les espantan, a otros les encantan y otros más las aborrecen?

Yo personalmente, las encuentro muy divertidas, quizá porque soy una persona que valora mucho los rituales y claro también el bailongo… porque una boda sin bailongo no es boda.

Pero una boda puede ser muchas cosas dependiendo del lugar en que se celebre y de la cultura de las personas que van a contraer matrimonio. Una boda puede ser un contrato, una promesa de amor eterno, una celebración comunitaria o un acuerdo entre familias.

En México incluso puede ser una forma de salir de la carcel jeje, pero no vayan a interpretar esto de forma literal, el “boda o carcel” de México es un juego que se hace en las Kermeses (una especie de feria con antojitos y juegos que se organiza sobre todo en las escuelas y en las iglesias católicas). El juego consiste en agarrar a una niña y a un niño (se pone más interesante cuando eres adolescente) y obligarles a firmar bajo pena de carcel un matrimonio civil que contiene cláusulas del tipo …. y tú mujer “tendrás que labar sus calzones apestosos con jabón bolita”. Que por cierto no dista mucho de algunas cláusulas que existen aún en el matrimonio civil. Muchas de las víctimas eligen la carcel, que al fin y al cabo suele tener barrotes de palo de escoba y de la que pueden salir pagando una pequeña multa con billetes chiquitos que es el dinero de la kermese.

Lo que está claro, es que independientemente de los símbolos y costumbres propias de cada cultura hay una máxima común en todas las bodas: ¡Hay que echar la casa por la ventana! Ya sea con el tamaño del pastel, la cantidad de mariscos, los vuelos del vestido de la novia, la marca del coche, o ¿por qué no? toooodo a la vez. Hay que decir a los invitados: aquí no falta de nada… al contrario, sobra. ¿Por qué? Me pregunto yo. Quizá porque es un símbolo de la abundancia que tendrá la pareja en el futuro, y si no nos obligáramos a pensar que en un matrimonio habrá bonanza y prosperidad no seríamos tantos los valientes que nos atreveríamos a casarnos.

En resumen. Hay bodas de telenovela, bodas de cuento, bodas de sangre, bodas arregladas, bodas reales, bodas falsas, bodas de oro, de plata y de diamantes y hasta bodas de kermese y son una manifestación cultural y social digna de preservarse, aunque a veces hay que desmarcarse de algunos absurdos a los que nos lleva la tradición. Pero en fin, mi humilde opinión es que cada uno haga de su boda lo que se le de la gana, que para eso es su boda, y los invitados que se chinguen, total siempre habrá alguien que quedará inconforme.

PIES DE FOTO: (De arriba a abajo) 1. Boda de Cristina y Alejandro en Santander, 2. Boda masiva en Bolivia 4. Boda mexicana con mariachi yauuujua, 5. Boda Indú.

La princesa sin castillo

Ayer llegamos de un pequeño viaje por el sur de Francia que duró 10 días. Además de visitar a unos amigos que viven en Bayonna, nuestro objetivo principal era una vieja pero muy bien conservada ciudad amurallada llamada Carcassonne.

Curiosamente, conocimos Carcassonne por un juego de mesa del mismo nombre que nos dieron como regalo de bodas y que nos tiene fascinados por su original estructura y porque es de esos juegos que invitan a la imaginación, con el que uno se puede hacer su película entre dragones, hadas y condes.

A pesar de las grandes expectativas que teníamos sobre “La Cité de Carcassone” (como la llaman los franceses para diferenciarla del resto de la ciudad), estas fueron ampliamente cumplidas y superadas. Yo, particularmente me sentía como en un cuento. Claro que además del magnífico escenario ayudó la representación que tiene lugar dentro de las murallas: un torneo entre caballeros invitados por el Vizconde de Carcassone, con duelo de espadas, con lanzas a caballo y villano incluido, además de una exhibición de halcones, un águila real y una lechuza.

Al salir de “La Cité” después de un día de encanto estuve pensando ¿Qué tendrá la edad media que nos gusta tanto?, ¿por qué nos atraen con tanta fuerza las historias caballerescas? Y sé lo que están pensando pero no creo que la culpa sea solo de los cuentos de Disney, la atracción por esta época va más allá de la Cenicienta y la Bella Durmiente. Creo que tiene que ver con que resulta bastante atractiva la idea de vivir como reyes, con todo ese increíble despliegue de seguridad constituido por más o menos unos mil o dos mil guardaespaldas a nuestro servicio.

Pero la verdad de la verdad es que pocas veces se nos ocurre pensar que si viviéramos en la edad media muy probablemente no seríamos uno de esos cuatro agraciados que nacieron reyes, seguramente, y por una cuestión clara de estadística, nos tocaría ser uno de esos miles de campesinos, herreros o alfareros porque de esos sí había a montones.

La edad media era una cuestión de familias, de tres o cuatro familias que se tenían bien repartido el pastel, pero por alguna extraña razón los fanáticos de esta época siempre tendemos a pensar que nosotros perteneceríamos a alguna de ellas y no nos damos cuenta de que ya tendríamos suerte si sobreviviéramos a esa niñez de perros con muy pocos cuidados, a las miles de epidemias e invasiones que eran el pan de cada día y aún si llegáramos a nobles caballeros, siempre cabe la posibilidad de que nos atraviesen con una lanza a la primera de cambios.

Pero después de pensar en todo esto…. si tengo que decir la verdad, yo seguiré soñando con ser la princesa del castillo perdido, aunque tenga que cambiar la televisión por laudes y los pantalones por cortinas-vestido ceñidas a la cintura. Eso sí, nomás hasta las doce de la noche como la Cenicienta.